Página de Opinión

HUMANIZACIÓN, EDUCACIÓN Y BIOÉTICA

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz afirmó que «toda educación entraña una imagen del mundo y reclama un programa de vida», es decir, conduce al desarrollo de la personalidad de cada ser humano. Sin embargo, la obsesión por orientar la enseñanza desde lahorizonte-chillidas necesidades del mercado laboral, y el dominio de las nuevas tecnologías, conlleva una amputación fortísima del derecho de aprender a cultivar todas las dimensiones del ser humano. Ha terminado triunfando, en general, un modelo de enseñanza sin educación. Seguimos sin reconocer la crítica de Herbert Marcuse en El hombre unidimensional respecto a la alienación que implica cualquier tecnología desvinculada de la sabiduría humanista. Eso es lo que hace el modelo dominante de enseñanza.

La tecnología y la ciencia operan en el terreno de los medios, no en el de los fines. No bastan para aprender a vivir. Podemos tener un curriculum académico eminente al respecto y, al mismo tiempo, vivir entre un inmenso raquitismo espiritual o padecer una anemia existencial por falta de nutrientes, o sea, de sabidurías. Necesitamos aprender lo que otorga más humanidad, lo que nos hace más humanos: adquirir una conciencia moral, pensar sobre el sentido de la vida, conocerse a sí mismo, desarrollar las capacidades relacionales, saber utilizar el tiempo para la realización personal y comunitaria, comprometerse en los proyectos de mejoras colectivas y en acabar con todo lo que deteriora y precariza la vida. En definitiva, lograr el buen-vivir frente al bien-estar y realizar la transición del tener al ser, como tanto reiteraba Erich Fromm.

En su libro Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita las Humanidades, Martha Nussbaum argumenta que las crisis más urgentes son la medioambiental y la educativa, pero le preocupa especialmente la segunda, puesto que mientras los efectos del cambio climático saltan a la vista y existe un frente global de oposición, la desaparición de la formación humanística erosiona de manera silenciosa y paulatina los fundamentos de la sociedad. La elección a la que nos enfrenta Nussbaum es entre una educación para la sociedad o una preparación para la rentabilidad.

Actualmente, los grados universitarios preparan para ejercer una profesión: nadie desearía un médico que no sepa medicina, por ejemplo. Pero eso no lo es todo. Los centros académicos deberían enseñar a cultivar las facultades de pensamiento, crítica, imaginación y empatía, que nos hacen humanos y humanizan nuestras relaciones, frente al uso y manipulación de unos por otros. Y deberían formar para la ciudadanía, el diálogo, la escucha, la reciprocidad, la solidaridad, la comprensión, el respeto al otro, en suma, para lo que significa ser humano en images.villaviciosa1todas sus dimensiones. Por eso merece la pena recordar lo que decía William Osler: «la medicina se aprende al lado de la cama de cada paciente, y no en el salón de clase». Tiempo después, Pedro Laín Entralgo afirmaba que «nada hay más fundamental y elemental en el quehacer médico que su relación inmediata con el enfermo; nada en ese quehacer parece ser más importante».

La aparición de la bioética ha supuesto una bocanada de aire fresco para revitalizar la ética y seguir humanizando la atención sanitaria. ¿Cómo? He aquí algunas pistas:

1.Cambiar el modo de mirar lo que se hace. Implica cambiar la mirada o, mejor dicho, cambiar el ángulo de visión o la perspectiva desde la que se mira lo que se hace y cómo se hace. La bioética ofrece un marco basado en la reflexión, la deliberación y el diálogo. Ofrece, en definitiva, una nueva perspectiva para mirar con otros ojos, los ojos de la ética, lo mismo que ya se está haciendo a diario en la clínica. Ese nuevo ángulo de visión es, en el fondo, una experiencia, que suele producir una verdadera catarsis, o sea, un efecto purificador, liberador y transformador cuando, al examinar con esa nueva mirada la actividad cotidiana, se toma conciencia de la fuerza que tiene potenciar el sentido ético que ya tiene en sí misma la medicina. Esta sensibilización de la mirada proviene de entornos como los que proporciona la bioética.

2.Cambiar de actitudes. En el ámbito de la ética, la actitud es una disposición que se adquiere a base de repetir los mismos actos, es decir, un hábito adquirido como respuesta positiva o negativa ante los valores éticos. El hábito positivo es “virtuoso” y el negativo “vicioso”, decía ya Aristóteles. Además de los valores base, como la salud y la vida, hay en medicina todo un elenco de valores que exigen un constante cambio de actitudes. Ello exige revisar los modelos de relación y comunicación como cauce idóneo para gestionar los valores de los pacientes e implementar los propios valores profesionales. Son importantes a tal efecto la escucha, la comprensión, la acogida, la reciprocidad y el diálogo, así como el lenguaje no verbal que tanto ha valorado la práctica médica desde sus orígenes. Así todo, la actitud más básica consiste en transformar el interés por la tecnología médica en un servicio por la atención integral de las personas enfermas.

 3.Incrementar conocimientos. Esto implica dejar de entender la bioética como una mera aplicación de principios, o sea, esforzarse en no reducirla al “principialismo”. Al contrario, insertarla en los procesos de atención sanitaria incrementa el conocimiento de los mismos profesionales, porque exige compartir una transmisión jerarquizada de valores, así como una determinada concepción del ser humano y de la sociedad, de la salud, de la vida, del dolor, del sufrimiento y de la muerte. Y, dado que el pluralismo moral vigente dificulta esa tarea, es imprescindible incrementar el conocimiento de los mínimos éticos comunes sobre la base de los derechos humanos. En ese sentido, la bioética debería ser el espacio común donde los intereses y el bienestar de las personas tienen prioridad respecto al interés exclusivo de la ciencia o la sociedad. Es por eso que, poner las tecnologías médicas al servicio de las personas, genera conocimientos humanistas y humanizadores.

4.Mejorar las estrategias de pensamiento. Se trata de que la bioética no sea algo exterior o superficial, sino que forme parte nuclear de todos los procesos sanitarios. De ese modo, la bioética se convertirá en una forma de hacer, una manera de entender y de practicar la atención sanitaria. Todo esto lleva a recordar el lúcido y crítico pensamiento de K. Popper, cuando decía: “El viejo imperativo para los intelectuales es ¡Sé una autoridad! ¡Eres el que sabe más en tu campo! (…). La vieja ética prohibía cometer errores. No hace falta demostrar que esta antigua ética es intolerante. Y también intelectualmente desleal pues lleva a encubrir el error a favor de la autoridad, especialmente en Medicina (…). Hemos de aprender que la autocrítica es mejor que la crítica, pero la crítica de los demás es una necesidad”, porque nos acerca a conocer juntos el bien y la verdad.

Ni qué decir tiene que el aumento del conocimiento es proporcional a las estrategias de pensamiento, al cambio de actitudes y al modo de mirar la vida. La bioética siempre tiene en cuenta la eficiencia, pero contribuye sobre todo a la eficacia. Es un medio excelente para potenciar el sentido ético y humano que ya tienen en sí mismas las profesiones sanitarias. Es una excelente aliada para mantener despierto el sentido crítico frente a la omnipotencia de la técnica. Es un marco idóneo para hacernos más sabios y, sobre todo, más humanos.

(CABéPA. Boletín Informativo Nº 12. Enero, 2017. Editorial)

Normas para los autores: normas-autores

caminando-por-una-playa

Anuncios