Página de Opinión

La sensibilidad de una residente: ¿es posible compartir -y disminuir- el sufrimiento?

horizonte-chillida

La vida y el trabajo en nuestras salas de urgencias hospitalarias, a menudo saturadas de pacientes e inmersas en rápidas decisiones y veloces trajinares, trasluce a veces un ethos, una costumbre o forma de comportarse, un tanto distante y fría.

Sin embargo, ofrece también oportunidades de reflexión y autocrítica, muchas de las cuales, por diferentes motivos, suelen quedarse en la subjetividad de los intervinientes. No es el caso de la siguiente, fresca y auténtica, que una joven médica residente, se ha atrevido a hacer pública.

Con lúcida y emocionante sencillez, además de una sentida expresión literaria, nos transmite su empatía con la paciente y su cuidadora sobrepasada. Y su apertura a compartir el agobio de esta última. Lamenta algunas limitaciones y aporta pistas para avanzar en una mayor humanización de nuestra tarea asistencial: Deja entrever que, más allá de una posible ayuda e intervención técnica, con la dolencia física como objetivo, los pacientes y sus cuidadores, mayoritariamente mujeres, nos piden, ante todo, que intentemos compartir y acompañar su dolor moral.

En definitiva, que recuperemos los auténticos fines de la medicina, también en Urgencias.

Muchas gracias a Sara Yebra Delgado por su lección de bioética: su buen hacer -y su bien ser- la llevarán a ser una “médica buena” (además de una “buena médica”).

Benjamín Glez. Miranda

_____________________________________________

 ANEXO

“El pH de una lágrima”

«Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas» (M. Benedetti)

«Por favor, no puedo más…»

Y empezó a llorar. Y allí estaba yo en mi primera guardia, con la realidad palpitando descorazonada. Unos ojos con más daños que años me miraban pidiéndome ayuda. Estaba desarmada, intenté recordar algo de lo que había memorizado en la carrera, busqué en mi cabeza algún esquema, alguna clase magistral, y lo único que recordé haber aprendido del sufrimiento fue cuál era el pH de una lágrima. Me sentía indefensa y estafada, como si todos estos años hubiera estado trenzando una honda infinita y me hubieran dado una patada en el trasero para salir al ring donde me esperaba Goliat. Y no tenía piedras.

Me enseñaron la escala EVA del dolor, pero nadie me dijo cómo consolar el dolor de perder a Eva. Sé dar puntos simples, colchoneros, poner grapas, apósitos, vendas. Ni idea de cómo restañar las heridas que no sangran. Münchhausen, Raynaud, Gibert, puedo decir muchos nombres de síndromes raros, pero se me atascan las frases que empiezan por «lo mejor es que no sufra», «no va a recuperarse», «lo siento». Un miligramo por kilo de peso, 500 mg cada 12 h ¿Cuánto pesa la culpa? Se olvidaron de decirme lo más importante, que a veces una sonrisa es analgésica y que el efecto es dosis dependiente y no tiene techo, que una mano en el hombro es el mejor antihistamínico contra la duda, y llamar a la gente por su nombre es la benzodiazepina de inicio de acción más corto y de semivida más larga.

Al menos, si el camino es duro, la buena noticia es que estará lleno de piedras.

Sara Yebra Delgado (Residente de 2º año de Medicina Familiar y Comunitaria)

Revista AMF. 2016; 12 (8): 1907

caminando-por-una-playa